Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Itaca
verde y humilde. El arte es esa Itaca
de verde eternidad, no de prodigios.

Jorge Luis Borges

martes, 21 de mayo de 2013

I

Básicamente escribo para la gente vivísima y coleando, hacia la versatilidad del capricho y los que tengan un hondo sentido del humor. Los pobres intereses de ahorrarse dos duros o las tristezas de esta dimensión como problema oficial no están dentro de mis inquietudes artísticas: ¡estamos aquí para volar!
Como diría Rimbaud, "ciencia y paciencia, el suplicio es seguro". Prefiero hablar de mis propios problemas a hacerlos universales perpetuándolos: prefiero hacerlos perfectamente ininteligibles hasta que desaparezcan en la más absoluta y límpida agonía lúcida; en el misterio desnudo y guarrillo de su clic hacia la invisivilidad.
No me importa tener que escribir sobre mi obra para explicar mi obra. Lo considero necesario. Lo considero vital en estos tiempos de tantos durmientes a los que el sentido del humor y la gracia les pasa delante de las narices en una boba melopea de anestesia (se nota la desevolución). Me dejo la piel cada día en cada vivencia y en cada transformación para poder contarme, para poder reinterpretarme, para exponer este estudio quirúrgico de la naturaleza humana y su divinidad trabajosamente precisa. Es justo. No lo hago solo por mí. No persigo el estilo autorreferencial. Es mucho más que eso: son todas las voces de todos los tiempos desnudas. No estoy aquí por mí. No estoy aquí para que me entiendan. ¿Que adónde vamos? ¿Pero quién dice cómo ha de ser algo? La respuesta es siempre que vamos hacia nosotros. No voy a castrarme para continuar adelante ofreciendo contenidos seleccionados hacia el gusto de la afición prácticamente iletrada que aspira a la falsa cultura y exclama: "¡oh, qué bonito!". Eso es lo único que sé. Y aunque lo intentara, no podría. En el caso de que así fuera, la incoherencia de mi debilidad me haría dar los pasos necesarios para desmentirme a mí misma. Soy tan insensata que perdería, por mor de la justicia, la energía necesaria en esto. Quiero transformar todo cuanto es obsoleto y no va directo a la boca (por cierto, debes masticar fuerte y con insistencia), quiero las formas originales del sol en medio de la ciudad. ¡Incencio! He venido para quedarme. No os engaño. Yo escribo para la juventud eterna. No tengo fuerzas para traicionarme a mí misma.
Tal vez muchos esperarían que hablase aquí de los textos y no de mí. No señores. Se equivocarán mucho conmigo y con mi obra si intentan dirigir este mi discurso con sus prejuicios culturales. Yo soy directamente mi escritura. Yo soy sus heridas y ustedes la vida material amada y amante, despreciada o glorificada, y así yo. Ustedes todo y yo misma, aquí, jugándonos la piel. El que no crea que le puedo arrancar la piel con un poema que salga de aquí inmediatamente. Gracias, señores, y hasta la vista. La poesía les acecha detrás de cada esquina.
Esto no ha hecho más que comenzar y hay mucho camino por recorrer. Sepamos.